El silencio en las campañas y en el gobierno como ingrediente de la comunicación política

Norberto Emmerich, Profesor de la Facultad de Estudios para Graduados, Universidad de Belgrano, Buenos Aires.

En el proceso electoral se apela a la comunicación política, la imagen y el discurso para resaltar los aspectos positivos del candidato. Pasada la elección, el ahora gobernante, que debe diseñar e implementar políticas públicas, apelará a la comunicación, la imagen y el discurso para resaltar la atención sobre los éxitos de su mandato.
En ambos casos, en las campañas y en el gobierno, si los votos previos y la legitimidad posterior se conquistan por lo que se dice y lo que se hace, también el silencio sobre determinados temas es un componente vital del triunfo electoral y de la gobernabilidad futura. Los silencios de la campaña electoral son cómodos para el candidato, porque hablar de determinados temas resta votos y dificulta la amabilidad mediática. Los silencios del gobernante, en cambio, son incómodos porque representan una opción deliberada por no hacer política.
La elección es el momento de la irrupción del ciudadano. El voto produce lo “real”, entendido como un quiebre en una situación que de otro modo sería sólo un enfrentamiento entre imaginarios, en el cual los medios de comunicación dominan la capacidad decisional del ciudadano. Esta intervención cuantitativa de la regla electoral es arbitraria, ya que solo con esta condición se puede asegurar que el lugar de la Ley quede vacío, e intente ser ocupado por la política.
Este lugar vacío de la Ley no puede ser ocupado por ninguna creencia o imaginario porque la nación no tiene y no sabría tener lo real para todos ya que la única creencia del “demos” (la democracia como poder común) no es deseable. Sin ley y sin creencia, la “irrupción” no logra romper ese silencio mejor guardado, no logra transformar la debilidad política del momento electoral en una victoria real, democrática.
Eliseo Verón sostiene que “el pasaje del candidato a presidente es efectivamente una transmutación radical de registro significante: se pasa del régimen de la creencia al régimen de la distancia”. Si hasta ayer se trataba de un candidato presentándose en una campaña electoral donde competían imaginarios, ahora se trata de un funcionario que toma decisiones autoritativas; si antes el silencio era conveniente, ahora el silencio es imprescindible. Antes el ciudadano creía, ahora obedece; antes la comunicación se imponía al poder, ahora el poder se impone a la comunicación. El equilibrio es inestable, pero no se rompe.
El establecimiento de la agenda política facilita la exclusión de temas que han sido objeto de conflictos o respecto de los cuales existe un consenso apenas temporal. El papel de los medios es fundamental en este establecimiento, tanto en la campaña como en el gobierno. Un estilo construccionista puede ser útil para la producción de mensajes compartidos por la ciudadanía.
El silencio es parte de toda narrativa coherente que haga posible la transmisión de sentimientos que construyan lazos de confianza. Porque el público no desarrolla una total comprensión de muchos asuntos o situaciones y tiende a reaccionar negativamente, por lo tanto hay que evitar ofenderlo. La comunicación política debe realizar un trabajo de “inoculación”, fomentando la construcción temprana de una imagen sólida para evitar ataques posteriores. Y debe hacer hincapié en los valores más enraizados en el contexto social en el cual el mensaje social es diseminado.

El presente artículo fue extraído de: http://www.maspoderlocal.es/files/articulos/155-F51ee48e71551374570727-articulo-1.pdf



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