Compartimos la Editorial del diario La Nación sobre “la importancia de comunicar”


Domingo 24 de abril

El arduo aprendizaje presidencial

Si bien se notan avances, el Gobierno debería seguir intentando una mejor comunicación de sus actos

Lejos podemos estar de añorar la fatigosa, y no menos irritante, presencia en las pantallas de televisión de Cristina Fernández de Kirchner, o de extrañar, como a una droga de efectos retardados, la despiadada utilización de la cadena oficial. La propaganda machacona, a través de la utilización de medios del Estado, destinada a servir los intereses políticos de un gobierno, ha sido en todo tiempo una aberración de los regímenes populistas. Esperamos no volver a caer en esas encrucijadas por defecciones en quienes han abierto una esperanza tan democrática como republicana en el país.

Nada de eso impide que se le pueda pedir al gobierno de Mauricio Macri que comunique y explique muchas de sus políticas de manera simple y clara para el común de los ciudadanos.

El presidente de la Nación sabe que, en medio de la satisfacción por importantes y numerosas medidas de gobierno tomadas en lo que lleva de su breve gestión, como el fin del cepo cambiario y el acuerdo que le permitió al país dejar atrás un default de casi 15 años, hay preocupaciones manifiestas en la sociedad.

La primera inquietud concierne al impacto social, sobre todo en los sectores de menores recursos por la severa alza en los precios de la economía. También, en los servicios públicos que, en una década que acumuló un 700% de inflación, habían actualizado el monto de sus facturas en no más del 100%. Esa bomba de tiempo, dejada por la irresponsabilidad del kirchnerismo, debía ser desactivada antes del colapso final de los servicios públicos. Y, como bien se sabe, la corrección de aquellos valores, a fin de que las cuentas se equilibren, ha sido efectiva hasta aquí de modo parcial. Pero, lamentablemente, nadie en el Gobierno se ha encargado de explicar con la capacidad pedagógica necesaria, en cada oportunidad, las consecuencias de aquel perverso legado o de evitar la anticipación de metas imposibles de cumplir.

La segunda preocupación se asocia a la perplejidad de quienes acogieron al nuevo Presidente con el alivio de que supone el fin de un ciclo de experiencias tan nefastas como irrepetibles y hoy se encuentran con un gobierno más contenido de lo razonable para argumentar sobre la inevitabilidad de sus decisiones y generar así más comprensión en la población. Se advierte insuficiente capacidad política para explicarle pormenorizadamente a la sociedad el estado en que las nuevas autoridades recibieron el país. Como si al Gobierno le costara señalar que gran parte de los empleados del Estado que fueron dejados cesantes habían entrado por la ventana en los últimos meses de la gestión kirchnerista y que, en algunos casos, ni siquiera habían ocupado una oficina pública por tratarse de simples militantes o de meros "ñoquis".

El mejor Macri de estos cuatro meses de gestión presidencial, en cuanto a su comunicación con la sociedad, ha sido el que el 1° de marzo pronunció el mensaje de apertura de las sesiones del Congreso. Allí hizo una interesante descripción de la herencia recibida. Pero prometió brindar más adelante un preciso estado general de situación, que nunca fue presentado hasta hoy.

Desde luego, puede esgrimirse en favor del Gobierno que la torta presupuestaria de la que disponía la administración kirchnerista para la comunicación se ha convertido hoy en un alfajor y que Macri se propone gastar en pauta publicitaria oficial un 75% menos que Cristina Kirchner en 2015. Y está muy bien que así sea.

Más allá de que han vuelto al gobierno nacional las reuniones de gabinete, olvidadas premeditadamente durante la era kirchnerista, si cada ministro va a trabajar y comunicar aisladamente y distante de otros ámbitos gubernamentales, comenzarán a crecer las primeras versiones, que ya interesadamente se han echado a correr, sobre desinteligencias interministeriales.

Aun en el supuesto de que la proximidad con gurús de la comunicación fuera absolutamente necesaria para un presidente de la Nación, nada reemplazará nunca el valor del instinto natural, de la sabiduría que debe encarnarse en un jefe de Estado para granjearse y preservar la confianza de los sectores más amplios de la sociedad. Sería un error del Presidente y de la coalición gobernante, y un infortunio por el cual todos pagaríamos el precio caro de la frustración, que acreditaran el éxito electoral que los llevó al poder en diciembre sólo a las bondades de sus estilos de comunicación. Hicieron su parte, desde luego, pero no menos que ellos contribuyeron a los resultados del 22 de noviembre tanto la pésima gestión de Cristina Kirchner como el entusiasmo del elenco próximo a ella por cavar la propia fosa.

El Gobierno debe saber que una buena política de comunicación va en su propio beneficio y en atención de la responsabilidad de informar a la sociedad sobre sus actos, tal como lo estipula la Constitución Nacional.
Precisamente, acaba de enviar al Congreso un fundamental proyecto de ley en ese sentido, cuestión en la cual había quedado en deuda la anterior administración. El problema identificado en estos meses no radica en aspectos legales de esa naturaleza, sino en otras cuestiones. Después de 130 días de haber asumido el presidente Macri, cabe preguntarse dónde se sistematiza la opinión de sus más de veinte ministros, y en particular los del área económica, parcelada en segmentos específicos. Corresponde preguntarse también dónde se halla el portavoz oficial del gobierno, a menos que el jefe de Gabinete, Marcos Peña, de quien en la Casa Rosada se dice que cumple esas funciones, no consiga potenciar su identidad por carencia de aptitudes para aquella tarea, a pesar de contarlas para otras exigencias institucionales. Más aún, ¿podría el jefe de Gabinete rendir lo necesario como comunicador sin un espíritu tonificante que provenga del mando al que está subordinado?

Macri ha demostrado sobradamente en su trayectoria pública que es capaz de someterse a arduos aprendizajes a fin de progresar. El que exponemos ofrece una nueva oportunidad a esa voluntad de enriquecerse con la experiencia de lo que se va aprendiendo en el camino. Está abierta así la esperanza de que en el terreno que exploramos mejore la performance en esta nueva etapa de su vida. Gobernar una gran ciudad con recursos no es lo mismo que gobernar a una nación con llagas vivas por curar.

 



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